Jueves Santo

Visite los lugares acostumbrados, remembrando las mocedades, usando la fuerza crispada de la imaginación para traer desde mis inframundos los recuerdos y memorias que en ese, y cualquier lugar, habita, para horas despues "verme" sentado en algún taburete y ver a mi familia, al mesero y a los parroquianos en perfecta armonía; sentir la fuerza del momento que algún día en la década de los ochenta me toco ver, oler, sentir... imaginar. El olor a tortuga me resultaba nauseabundo, su precio más. Los colores, texturas y olores que el cabrito emana me resultaban desagradables, el lechón al horno siempre me resulto una muestra expresivista, una sátira grandilocuente hacia el lobo feroz; los pequeños pedazos de carne roja que emulaban un rib eye, y que no se identificaban para nada con un buen beefcut, me servian

Recuerdo que máma una vez me llevó a comer tortas de pavo en alguno de los callejones en paralelismo con Lázaro Cárdenas. Muchos años después, Oscar me invito al mismo lugar; él, argumentaba que sus padres concurrían tal lonchería y que incluso se conocierón ahí. Ahora esos mismos callejones estan llenos de micro restaurantes, oxos, super7's, y que mierda sé yo, de tantos y tantos nuevos modelos de micro-iniciativas que se me escapan de la memoria y creatividad, los cuales terminan, ni siquiera, fabricando sana competencia con su oponente.
La Plaza de Armas en su orden normal. Las librerías y negocios periféricos, asfixiados por lo "informal"; el tráfico, normal también.

Muy a pesar de mi intolerancia a los cambios, no dejaré de vagar por esas callejas.
Desde que el accidente o la mera fortuna de estar tocados por los hilos siniestros de un suceso, que en lo personal, no creo que exista, hasta la más natural y coincidente de las formas para chocar y(sálvenme o perdónenme la redundancia) coincidir, el Jueves Santo seguirá estando ahí; los lugares, tal vez; la gente, edificios y memorias, no.
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